La extraña alegría de la aflicción. (Julen Gabiria)

Salvador Puig Antich era más joven que cualquiera de nosotros cuando le redujeron el cuello al tamaño de una nuez. La edad siempre se nos aparece como una frontera; más incluso que la propia muerte, puesto que la muerte no es una frontera, sino un final.
Lo mataron cuando yo tenía un añito. Cuando cumplí un año, un mes y catorce días. No me acuerdo de Salvador Puig Antich, no puede uno recordar lo que no ha vivido. Y a pesar de todo, he comenzado este texto hablando de él, porque es más grave no acordarse de lo que uno ha vivido, como os sucede a ti y a ti. No nos cuentes dónde estabas tú cuando convirtieron la garganta de Puig Antich en una canica. ¿Pero dónde estabas tú a tus veinticinco años, a la misma edad que tenía Salvador cuando murió? ¿Dónde quedó exactamente esa frontera tuya, límite que, en el caso de Salvador, también fue su final?
Cuando hablo de los límites y metas de la edad, suelo recordar la vida del escritor James Matthew Barrie. Siendo James aún un niño, David, su hermano de 13 años, murió mientras patinaba. Aquel suceso cambió por completo la vida del joven James, su infancia y su futuro. Margaret Ogilvy, la madre de James, entró en una profunda depresión: aunque la muerte de cualquiera de sus hijos le hubiera resultado durísima, la de David en particular le fue insoportable. David era el hijo favorito de Margaret. Pasó meses sin salir de su habitación. Aunque sólo era un niño, James comprendió entonces en qué consistía hacerse mayor: crecer era aquello que David nunca podría hacer. Y él sí que crecería, y David siempre seguría siendo a los ojos de todos un niño de trece años. Entonces se le ocurrió vestirse con las ropas de David, en un intento de aliviar la pena de su madre. Ella no se enfadó: muy al contrario, le gustó poder ver de nuevo a David. Y a partir de entonces, esa fue la tarea de James: convertirse en ese David que nunca se haría mayor.
Pues sí: James superó a David, rebasó la aduana psicológica que marcaban los trece años. Un día sí y otro también, aquella frontera de los trece años se le hacía más cercana, se aproximaba de día en día, y con ello, aumentaban las posibilidades de romper y superar el mito del hermano perfecto. La sensación de culpa dominó todos los años posteriores a aquella frontera, porque su hermano no pudo alcanzar, y nunca podría hacerlo, las etapas a las que James accedía: la de los quince años, la de los veinte, los treinta y cuatro… Su hermano no conocería esas fronteras. Tampoco Salvador Puig Antich. Otra cosa es si nosotros sentimos, como Barrie con su hermano, esa sensación de culpa, o no.
¿Eras consciente, cuando cumpliste veintiseis años, de que tu cuello tenía el tamaño habitual? ¿Sentiste acaso dolor de garganta, o quizá una sensación de ahogo? Lo más seguro es que salieras a la calle a protestar, o a reclamar justicia-justicia a escondidas.
¿Te ha curado el tiempo la sensación de asfixia? Y si fuera posible, si te propusieran volver atrás en el tiempo, por ejemplo, elegirías acaso volver al momento en que supiste la noticia, para poder volver a sentir lo que entonces sentiste y hoy has olvidado?
No me estoy refiriendo a repasar los álbumes familiares, ni a rememorar los momentos gozosos. Lo que te propongo es que revivas los momentos duros, más allá de la comodidad del sofá; por ejemplo, que sientas la punta de un alambre rondándote el culo. En efecto, nos resulta fácil olvidar y, tal vez, lo peor sea que olvidamos porque así lo hemos decidido, como si en el camino de experiencia que nos ha conducido hasta donde ahora estamos, tuviéramos que recordar sólo los pétalos de rosa.
Las crónicas cuentan que todo fue muy simple. Hicieron sentarse a Salvador en una silla, en el centro de una tarima, en Barcelona, el 2 de marzo de 1974, a las 09:40.
La muerte se llevó a Atahualpa, el emperador de los Incas, de la misma manera; sentado en una silla, con el cuello hecho una nuez. Igual que Heinz Ches, el mismo día de 1974, en Tarragona, él también nuez. Se decía que Ches era un delincuente común y que Puig Antich era anarquista. Al día siguiente también la verdad murió a garrote, cuando se publicaron juntas las fotos de los dos en las portadas de los periódicos, y por eso no recuerdas muy bien (dónde queda aquél grito de justicia-justicia, dónde el dolor de garganta) si era Ches el anarquista y Puig Antich el delincuente, o si los dos eran anarquistas o, lo más probable, delincuentes los dos. La verdad es un producto de lujo en las dictaduras y, cuando el tiempo nos difumina los recuerdos, se convierte, en cambio, en un producto de lujo.
De modo que lo pusieron en la silla y le ajustaron el collar de hierro. Lo que viene a continuación es fácil de contar, demasiado fácil, incluso; así que no lo contaremos. Según dicen, antes de empezar a ahogarse, antes de entrar de lleno en la agonía, antes incluso de que se empiece a nublar la vista, el que va a morir suele mirar hacia arriba, no precisamente en busca de algo, de un último mensaje de algún dios o así, qué va: es un gesto espontáneo, atávico, sin explicación lógica: puro instinto. Y suele suceder que, al estar mirando hacia arriba, su mirada se encuentre por un segundo con los ojos de la persona que tiene delante; no siempre, pero puede ocurrir, por ejemplo porque haya un verdugo que le da la mano al condenado, o porque esté presente un investigador que apunta las reacciones del condenado en un cuaderno verde de anillas, eso sí, siempre en nombre de la ciencia.
Y los cuatro ojos se encuentran en esa momentánea mirada hacia arriba y, según parece, esa mirada no pide compasión, no es un por favor sálvame, no es un insulto esa mirada. Esa mirada es, por encima de todo, una mirada que quiere asegurarse de que el nombre del condenado, su cara, su imagen en definitiva, nunca morirán. Eso dicen.
Más adelante, te aprietan más el cuello y los ojos se te desorbitan un poco, como si quisieras ver mejor, y el condenado sigue mirando a la persona que tiene delante, pero ya ni siquiera la ve, porque esos ojos ya no son ojos siquiera, sino dos grandes canicas, dos bolas como corazones de conejo, a punto de salirse de sus órbitas, mientras el verdugo gira y gira y gira de nuevo la manivela. Luego la respiración se interrumpe tres o cuatro veces, después llega la asfixia, y los pulmones estallan, sin tiempo para desgarrarse, y la respiración se detiene por quinta vez, ahora ya para siempre, y el condenado no es ya más que un saco, incapaz de sufrir ni de lanzar el más mínimo grito. Y ahí acaba todo, o no: es ahí donde todo empieza.
Porque, efectivamente, el verdugo o el investigador que está delante del condenado, en definitiva, aquél que ha tenido la mala suerte de sostener su mirada, ya nunca más podrá sacársela de la cabeza. Eso no se olvida. No hay parches de nicotina para olvidar eso. Ahí no funcionan las palabras de consuelo de los psicólogos o de los familiares. Ese es el regalo que te ha hecho el último instinto atávico del condenado, el regalo de despedida. Puedes correr hasta Ispahan, como hizo aquél criado de Bagdad, pero la mirada del condenado te alcanzará siempre. Y junto con la mirada, siempre recordarás su nombre, su cara, su imagen. Y acabarás recordando la historia completa: no sólo la historia particular del muerto, sino también toda la historia de la época y de la sociedad que permitieron esa muerte. Pasarán los años, llegarán nuevos siglos, pero caerás en la cuenta de que el tiempo no es distancia, porque Puig Antich te miró fijamente a los ojos, y porque hoy es ayer, y porque mañana es hoy, y porque es muy fácil que pasado mañana sea ayer. De ayer a pasado mañana sólo media un juego de palabras, unas letritas nada más: podría decirse que ayer y pasado mañana son un solo ser, con la misma alma, pero con un vestido diferente. Ayer murieron diez viejas y, como la historia siempre se repite, pasado mañana se resignarán diez viejas, como no podía ser de otra manera.
Nota: juego de palabras intraducible, basado en una canción popular. “atzo”: ayer “atso”: vieja “etzi”: pasado mañana “etsi”: claudicar, resignarse
Claro, me dirás que no eras tú aquel investigador o aquel verdugo que estaba junto a él, y que por tanto Puig Antich no te miró a los ojos, pero el caso es que tú también estabas ante él cuando lo mataron, porque protestaste o porque te alegraste, porque sentiste miedo o porque te quedaste tranquilamente en casa aquel 2 de marzo de 1974. A ti también te miró, pero quizá no lo recuerdes, tal vez se te haya olvidado, o puede que sea más correcto decir que lo has olvidado.
Lo que sucede es que el dolor, como la energía, nunca se destruye: se transforma. A lo mejor no nos damos cuenta, pero el dolor está ahí. Es inútil disimular: a ti también te han mirado con fuerza, violentamente, todos los condenados que han muerto. Tanto los de un bando como los del otro, todos lo han hecho, con los mismos ojos aterrados de quienes saben que van a morir, pero también a permanecer. Cubrimos voluntariamente el pasado con pétalos de rosa, sin ganas ni necesidad de acordarnos de las espinas. Esos pétalos que recordamos son la memoria; las espinas que no recordamos son su herida.
¿Cómo podemos vivir sabiendo que ha sucedido todo lo que ha sucedido? Y, llevando la pregunta a otro terreno, ¿cómo puede el artista crear arte, conociendo todo lo que ha sido previamente creado? Eso que llamamos creación ¿no será acaso, por definición, pura mentira, sabiendo como sabemos que ya ha sido antes creado todo lo que estamos creando? ¿Qué clase de artistas somos, que llamamos creación a todo lo que plagiamos, basándonos en el desconocimiento?
Pero, dejando a un lado el arte, aunque sin abandonar del todo la creación, hablemos de la vida, ya que ese es el lenguaje de la mayor parte de las personas de la tierra. La vida es otra cosa pero, al fin y al cabo, es también una clase de creación, más habitual y más democrática, pero creación. Y, por qué no, la vida de cada uno es su propia obra de arte. O, al revés, la única obra de arte de la mayoría es su propia vida. Y vivimos, vaya que sí, a sabiendas de que ha existido todo lo que ha existido. O sin saberlo, pero vivimos, y todos los días, día tras día, vamos construyendo nuestra obra de arte individual y democrática, como en una prueba de resistencia, en esta vida que parece una carrera de fondo. Cierto es que tenemos en cuenta los trastos que hemos ido acumulando en nuestra mochila de experiencia: los consejos, las muertes, las alegrías y los miedos. Pero solemos fijarnos en nuestra experiencia sin darnos la opción de una mirada más amplia. Tanto en la vida como en la creación, solemos hablar de nuestras historias personales, de nuestro propio pasado, de nuestros fantasmas íntimos, en vez de hablar de la gran Historia. Y si vivir ya es suficiente obra de arte para quienes sólo aspiran a sobrevivir a la prueba de resistencia, y si en esa supervivencia se nos aparecen los fantasmas por todas partes, ¿qué decir de quien se dedica a la supuesta creación, del creador que, sin tener en cuenta la Historia, vive sin embargo rodeado de fantasmas? Los fantasmas son los mayores creadores que existen en el mundo. Los fantasmas escriben las novelas, pintan los cuadros y tocan el piano. Los fantasmas crean las obras de arte y, claro está, siempre suelen ser autobiográficas.
También el ser humano corriente (esa honrada persona que no plagia lo que sus antecesores han creado) vive rodeado de fantasmas, eso por supuesto. Varios días antes de que muriera mi abuela, grabé su voz en un casete. En aquel momento ya tenía la cabeza bastante perdida, pero entonces se puso a hablar más cabalmente que nunca, sacando a la luz sus fantasmas como nunca antes lo había hecho. Nos contó que de pequeña vivía en un molino, y que una mala gripe llegó al pueblo, haciendo enfermar a todos sus vecinos, y todos padecieron unas fiebres altísimas. Y recordaba incluso el año, acertadamente además, pues miré en la hemeroteca y comprobé que aquel año de la gran fiebre que me contó la abuela existió efectivamente. Y me dijo que a ella no le alcanzó, porque su padre la escondió en el molino, entre el maíz, y así se libró, pasando una semana entera dentro del molino, comiendo maíz, hasta que la maldita fiebre desapareció del pueblo. Al salir del molino, la luz del día le cegó los ojos, pero nos confesó que aquella ceguera no fue nada, en comparación con el dolor que le causó el saber cuánta gente había muerto en el pueblo.
Grabé la voz de la señora de 90 años mientras me contaba todo esto, y aproximadamente una semana después murió, en la cama, tranquilamente, sin puñetera fiebre y sin maíz, aunque, a veces, se la fuera de nuevo la cabeza, y dijera, por ejemplo, que salía gente del espejo de la habitación, y que a ver quiénes eran esos que salían del espejo, a qué venían y por qué. Siempre me ha parecido terrorífico el asunto de la gente que sale del espejo ese y, por si acaso, sólo en contadas ocasiones lo he utilizado. A lo que iba, a los pocos días de su muerte, encontré en un cajón una foto de mi abuela sacada por mí, y me quedé largo tiempo mirándola. Estaba contento, ella había dejado de sufrir y yo, por mi parte, estaba seguro de que no la iba a olvidar: además de la foto, tenía también el casete con su voz.
Han pasado seis años desde que murió, pero no he querido volver a ver la foto, y si en alguna ocasión la tengo a mano, la miro sonriendo y tal vez le digo algo, ya que en el retrato ella también sonríe y me mira, y porque me parece justo ofrecerle un mínimo gesto. Pero enseguida la guardo, y el tiempo retoma su ritmo habitual, el tiempo acelera tic-tac, porque cuando tengo la foto delante se ralentiza demasiado tic, porque el tiempo es sofocante en esos casos tac.
Han pasado seis años y jamás he pulsado la tecla play para escuchar aquel casete. Soy capaz de mirar una foto, pero sé que la voz me dolería demasiado, y ahí tengo la cinta, quieta en un cajón, y quieto con ella también aquel día parlanchín y cabal en que a mi abuela se le fue la cabeza, cuando me contó lo sucedido en el molino. Me asusta recordarlo, y ni siquiera lo intento.
Estoy contento, porque sé que en esa cinta está atrapado el recuerdo (en este caso, no sabría decir si se trata de memoria o de su herida) pero, por otro lado, sé que nunca escucharé de nuevo la voz de la abuela, porque las heridas de la memoria duelen demasiado, y porque una voz no es sólo una voz: una voz es el mundo, el mundo entero, miles de recuerdos por metro cuadrado.
Erramun dice que los sentimientos son un nivel de la inteligencia; nunca había pensado en ello, tanto he interiorizado la idea de que (así nos lo enseñan a los chicos, principalmente) los sentimientos son algo que hay que guardarse para sí. Sólo por eso, porque todos nuestros antepasados se han empecinado en decir machaconamente que debemos guardarnos bien dentro los sentimientos, por eso sólo, digo, debería saber que los sentimientos son una gran clase de inteligencia, una de nuestras percepciones más extraordinarias para comprender el mundo.
Al poco tiempo de aquello, unos seis meses más o menos, un pájaro vino a posarse en el balcón de nuestra casa. Siguiendo nuestra costumbre de guardar las cosas especiales en algún recipiente, también atrapamos al pájaro y lo condenamos a la jaula, para que fuese para siempre a nuestros ojos un ser peculiar y despistado que en otro tiempo apareció por sorpresa en casa. Era un pájaro alegre (debería decir que “es” alegre, pues aún vive) y pronto aprendió incluso a cantar.
Más tarde, como corresponde a las apariciones aéreas y misteriosas como esta, fue surgiendo en casa un cuento relativo al pájaro: nadie lo mencionaba, pero todos pensábamos que aquel pájaro era la abuela, resucitada. El pájaro solía mantener largas conversaciones con mi madre (las aves enjauladas no se aburren fácilmente); si mi madre decía algo, el pájaro le respondía con un pío corto, y así durante largo rato. Pienso que mi madre estaba convencida, pero nadie dijo nada al respecto. Y ni siquiera le hemos puesto nombre; resulta difícil dar un nuevo nombre a alguien, y más cuando sabes que es tu abuela.
Amamos nuestra prehistoria, pero cuando esa prehistoria viene a hacernos una visita, entonces nos entra el pánico, nos quedamos como congelados, todos los fantasmas se nos imponen y nos conducen, ellos a nosotros y no al revés, a la creación. Esos fantasmas son nuestros sentimientos, y tal vez al utilizar ese nombre (“fantasmas”) se entienda mejor por qué nos han dicho siempre que los sentimientos hay que esconderlos. No es correcto sacar los fantasmas a pasear, eso nos han dicho.
Y nos hemos dado cuenta tarde de que los sentimientos, o los fantasmas, son la más grande faceta de la creación. Nuestra experiencia personal nos provoca miedo, una emoción que nos hiela o ese “duende” que los flamencos reivindican con mucha menos vergüenza que nosotros. Llámalo como quieras pero, en mi caso, ya sea por el pájaro que aparece en el balcón, o por la cinta que tengo desde hace seis años guardada en el cajón, o por imaginar las miradas de los hace tiempo asesinados, en mi caso, digo, ese sentimiento o esa emoción, esa percepción que me sirve para entender el mundo, son los fantasmas. Los necesito para vivir y para crear, a pesar de que me conduzcan hacia un abismo demasiado oscuro y abrupto. Pero necesito invocar su presencia para dedicarme a crear, y necesito sentir ese vértigo del precipicio, necesito plantar cara al dolor que nos ha hecho ser como somos, para comprender el mundo, para superarlo, para crear nuevos mundos y en consecuencia, en la medida en que creo nuevos mundos, para ir construyéndome también.
Los sentimientos son una clase especial de inteligencia. Pero, hoy día, los sentimientos tienen dos enemigos occidentales, sobre todo: uno, como hemos dicho antes, que en este falso mundo nuestro predomina la sensación de que los sentimientos son algo para ocultar; el segundo, que este mundo falso no nos deja opción para estar, aunque sea un momentito, con nosotros mismos (con nuestros sentimientos y con nuestros fantasmas). Los dos son enemigos occidentales, puesto que no se dan sino en los países supuestamente más avanzados, y en ninguna otra parte. No estoy descubriendo nada nuevo si declaro que la cotidianeidad nos aleja del pensamiento.
El pensamiento circula erráticamente, no sólo en el día a día de las personas, sino también por el mundo de la cultura. Aunque parezca increíble. Como si fuera una hamburguesa doble con queso, la cultura se encarga, se prepara y se sirve, y la consumimos según vamos caminando, o bien de pie ante una mesa sin taburetes, pero la consumimos, a toda prisa, sin poder tomarnos un respiro para conjeturar cuál será la próxima hamburguesa (el próximo centenario, el próximo homenaje)
Eso que llamamos pensamiento, eso que los concejales de cultura nos presentan envuelto en una interminable serie de conferencias encadenadas no es sino un simulacro de pensamiento, haciendo nuestras las palabras que Baudrillard utilizó de una forma mucho más precisa. El sociólogo francés ilustró de la mejor manera posible, y antes que ningún otro, esa característica del mundo actual: para ello, Borges utilizó un cuento. Cuento según el cual, los cartógrafos del Imperio dibujaron el mapa de aquel reino con tal precisión y tal lujo de detalles que el mapa ocultó el propio territorio, de modo que, en adelante, el mapa se convirtió en la realidad del reino. Siguiendo con el mismo ejemplo, podemos decir que la cultura que se nos ofrece envuelta en charol (con algunas excepciones) es una simulación de una cultura verdadera pero oculta, y lo mismo podríamos decir del pensamiento correspondiente a esa cultura: el pensamiento se ha institucionalizado, y eso es lo único que se nos ofrece. El pensamiento es invitado a todos los actos culturales contemporáneos, pero jamás participa en ellos: se comunican ciertas ideas, pero no se expresa pensamiento alguno.
Como no podría ser de otra manera, el pensamiento fast food se ha impuesto en el ámbito cultural de la sociedad fast food. El resultado es que hoy se da un gran consumo de cultura, pero cultura de escasa densidad, pues institución e intuición no son lo mismo (aunque lo parezca) y, por tanto, la cultura institucional no puede llegar al mismo nivel de la cultura intuitiva.
Quien ha estudiado una carrera conoce bien cómo sus aspiraciones iniciales se convierten en apatía y sensación de encierro una vez terminados los estudios. El motivo puede ser, entre otros, el no ver la luz en el túnel durante los largos años de estudio, o puede ser también que, mientras dura la carrera, el idealismo inicial se topa con una realidad mucho más terrenal, pero no se puede negar, al mismo tiempo, que esos estudios tan oficiales y tan cargados de créditos acaban cuadriculando nuestro pensamiento, antaño más flexible y adaptable. Antes de estudiar, nuestro pensamiento era amplio como una mancha de petróleo en el mar (extendiéndose y encogiéndose a merced de las olas, a merced de nuestras ilusiones e intuiciones). No es sólo que vamos abandonando el idealismo inicial: aún más, el conocimiento que hemos adquirido por intuición va disminuyendo a medida que recibimos más y más conocimiento institucional. Va disminuyendo, atrofiándose por completo, hasta que creemos que este mapa perfecto que tenemos bajo los pies es nuestro territorio, sin darnos cuenta de que la verdadera tierra está bajo ese mapa, oculta.
Intuición e institución: he aquí dos palabras que nos muestran de la mejor manera posible dos planos del conocimiento (de la cultura, del pensamiento, de la inteligencia)
Por eso necesitamos los pensamientos, los fantasmas o las intuiciones. Para partir desde un territorio sin a prioris, para poder ir siempre más allá de los renglones cuadrados que nos impone la oficialidad en la creación. La intuición debe entrar en las normas lógicas, y entremezclar las pautas de los sentimientos con las del ámbito racional. Como dejó escrito el científico y escritor Michel Guillan, “la imaginación de las personas es el sexto sentido que sirve para comprender las ideas que siempre han existido. Como en el cielo las estrellas, esas verdades están ahí, a la espera, para que las descubra nuestra imaginación extrasensorial”. Siempre me ha llamado la atención el respeto con que los científicos más inteligentes hablan de la intuición o del “sexto sentido”, y más que eso: cómo utilizan la intuición, en su mundo científico tan supuestamente regulado y rígido. También Isaac Asimov escribió, refiriéndose al método científico, sobre la importancia de la intuición, dejando claro ante todo que la base más firme del conocimiento no es la suerte: “¿Queremos acaso decir con esto que todo es cuestión de suerte, y no de cabeza? No, no y mil veces no. Esa clase de “suerte” no se da más que en los cerebros más privilegiados; únicamente en los cerebros que poseen la “intuición” conseguida gracias a la larga experiencia, a la comprensión profunda y al pensamiento disciplinado”.
El saber no necesita espectáculos. Menos grandes palabras y menos neones. No estaría mal, incluso, perderse en la oscuridad, un apagón de una semana, sin compasión; una semana entera para pasear, de día bajo el sol y de noche al ritmo de la oscuridad más inquietante, por los cantones negros y por nuestras sombrías almas, para poder reunirnos, como hace tanto tiempo no lo hacíamos, con el ruido de nuestros pasos y con nuestros pensamientos. Un amigo que vive en un pequeño pueblo de la costa me contó que, durante uno de los grandes apagones de este invierno, pasó miedo al pasear por las calles, tan real y silenciosa era la oscuridad. Sin esforzarnos demasiado, nos vino a la mente la ceguera: se nos ocurrió que la ceguera no puede estar lejos de esa situación, pero el caso es que mi amigo seguía asustado, y no quería ni imaginar en qué consiste la ceguera. De modo que dimos en pensar que aquella oscuridad podría ser algo así como encontrarse con la propia voz, y según nos pusimos a hablar estuvimos los dos de acuerdo en que para mucha gente ese es precisamente el aspecto más terrible del silencio: que se encuentra con su propia voz.
Una señora le gritó a mi solitario amigo desde su ventana, “¡vete a casa!”, y él sintió una extraña alegría: estaba haciendo algo bueno y necesario, con ese paseo centrado en sí mismo. Aquella acción no surgió para salvar al mundo o por algún heroísmo exagerado, no; pero mi amigo me dijo que era necesaria, y que si no hubiera apagones tendríamos que provocarlos, porque fue todo un lujo el poder escuchar el sonido de sus pasos sobre el asfalto mojado, y saber que sólo se oía el ruido que él generaba, nada más; sentir, de alguna manera, que estaba solo (solo en el mundo pero, sobre todo, a solas consigo mismo) y que no habría interferencias con los ruidos de alrededor, que no habría inflación de sonidos, incluso me confesó que empezó a hablar solo, en voz baja al principio y más alto después, sin llegar a hacer ruido pero en voz alta, como si tuviera alguien al lado, en ese tono de voz. Me dijo que nunca se había sentido tan libre y tan real: que ni siquiera cuando estaba de viaje, lejos, con la mochila al hombro, recorriendo en auto-stop los confines del mundo, nunca fue tan él mismo, tan verdadero. Que si ya resultó algo impresionante escuchar el ruido de los propios pasos, no me podría ni imaginar qué grande fue hablar consigo mismo, pasear por las calles y por el puerto en íntima conversación, hablándose y respondiéndose, sin hacer preguntas, únicamente hablarse y responderse. O hablarse y callar, sin más, en ese callarse que es tan natural pero tan difícil. En aquel momento, mi amigo me confesó que llevaba años sin escuchar tan claramente su propia voz. Y no sólo la voz: que desde hacía años se le escapaban los pensamientos inadvertidamente, como se quisiera retener el agua con una sábana de algodón. La voz y el pensamiento se le diluían en el ruido del mundo. Y la noche avanzaba, y ya no se le asomaban señoras a las ventanas gritándole “¡vete a casa!”, tan tarde era. Ya ni los gatos se adivinaban, y las gaviotas estarían dormidas en los acantilados. “Saqué la conclusión de que la luz hace ruido”, me dijo, al recordar las farolas apagadas. Entendí lo que me quería decir, pero quería saber cómo continuó la noche, pues mi amigo nunca ha sido un gran aventurero, y me parecía que enseguida llegaría la parte referente a la vuelta a casa, empujada por la obligación de volver al trabajo al día siguiente.
No habría conseguido imaginar, ni poniéndome seriamente a ello, que mi amigo redescubriría los lugares y situaciones protagonistas de su vida, y que iba a pasar la noche en esos lugares y en esas situaciones, hasta que la mañana llegase, y con ella la luz, y los focos de los coches, y los pasos de la gente de aquí para allá, y entonces, una tristeza inconmensurable se adueñó de mi amigo, porque todo había terminado, porque la luz es ruidosa y porque su voz y su pensamiento se diluyeron en medio de todos los demás sonidos. Pero mientras tanto, había reencontrado los antiguos lugares y situaciones (yo también sé dónde está la cinta que guarda la voz de mi abuela, pero nunca he pulsado la tecla play), y cuando le dije que se trataba de los fantasmas de cada uno, él me respondió, “si lo de los fantasmas es como dices, a mi se me aparecieron todos”, en aquella noche sin farolas. Pero, mientras me lo contaba, lanzaba miradas a su alrededor, porque nunca le había confesado a nadie algo así, porque los fantasmas están mal vistos en esta sociedad, del mismo modo que está mal visto exteriorizar los sentimientos, hablar consigo mismo, pasear en la oscuridad, recordar demasiado, querer escapar de la inflación de sonido y, en general, ser un espécimen extraño.
Como hemos dicho, después llegó la mañana, con toda su normalidad, y los extraños especímenes se fueron extinguiendo poco a poco, pero mi amigo recuerda muy bien aquella noche: recuerda cómo llegó al borde del abismo de sus sentimientos, y cómo se quedó mirando hacia abajo desde aquel acantilado, sintiendo vértigo, pero reencontrándose con su identidad. Sólo duró un momento, unas pocas horas, pero ahora lo sabe. Y estoy deseando que llegue el próximo apagón, para poder sentir de nuevo la extraña alegría de la aflicción que nos produce encontrarnos con nosotros mismos.

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